Jóvenes que son los primeros universitarios en su familia crecieron 18% en cinco años


Para el Directorio Nacional de nuestro Colegio el mayor número de universidades y centros de formación técnica que imparten Educación Parvularia ha permitido que jóvenes de escasos recursos puedan acceder a la educación superior.

De los 180 mil jóvenes que egresaron del colegio a fines del 2009 y rindieron la PSU, cien mil tenían padres que apenas habían completado la enseñanza media.

 

Seis de cada 10 estudiantes pretendían convertirse en los primeros en su familia en seguir estudios superiores.

Sólo lo lograron 16 mil jóvenes, al menos en las universidades del Consejo de Rectores. Según estadísticas de la UCV, tomadas del universo de jóvenes que rindió la PSU en diciembre pasado, ellos son los que quedaron seleccionados en alguno de los 25 planteles tradicionales. Su promedio en la prueba fue de 575 puntos.

El número ha crecido en los últimos cinco años. En 2006, poco más de 63 mil hijos de padres sin estudios superiores rendía la PSU y 14 mil lograban un cupo en los planteles tradicionales. Para el proceso de admisión pasado, el número de estudiantes de primera generación que rindió la PSU creció 72% en relación a 2006; y quienes lograron quedar seleccionados aumentaron 18%.

También mejoró el ingreso a carreras altamente selectivas, como Medicina. En 2006, sólo el 14% de los seleccionados de todos los programas que ofrecen los planteles del Consejo de Rectores era primera generación en su familia en acceder a estudios superiores. Para 2010, el número había llegado a 16%. Lo mismo sucede en Ingeniería Comercial, donde estos alumnos pasaron de ser el 25% al 37% de los seleccionados de la carrera en las universidades tradicionales.

Sin embargo, en los planteles que tienen los puntajes más altos el panorama es contradictorio. En Medicina de la U. de Chile, los estudiantes seleccionados de primera generación disminuyeron de 18% a 11% en cinco años. Lo mismo sucede con Ingeniería Comercial, donde disminuyeron a la mitad (de 14% a 7%).

En la UC, en cambio, el número de alumnos de primera generación seleccionados en Medicina ha crecido de 4% a 11% y en Ingeniería Comercial, de 3% a 4%.

También ha crecido el número de estudiantes de bajos recursos seleccionados en planteles de regiones. En la UCV, por ejemplo, los que lograron un cupo en Ingeniería Comercial pasaron de representar el 22% del total al 30%; mientras que en la U. de La Frontera, pasaron de 35% a 63%.

La brecha se mantiene

Sin embargo, tal como lo demostró la encuesta Casen 2009, dada a conocer esta semana, las probabilidades de que un alumno de mayores recursos ingrese a la universidad siguen siendo muy superiores a las de un estudiante de bajos ingresos.

De los 28 mil alumnos que rindieron la PSU 2010 y que tenían padres universitarios, el 42% (11 mil estudiantes) fue seleccionado. Para estos estudiantes, las probabilidades de quedar seleccionado en algún plantel tradicional se han mantenido estables en los últimos cinco años.

Las de los estudiantes que son primera generación, incluso, han empeorado en términos relativos. En 2006, el 22% de quienes rendían quedaban seleccionados; para 2010, lo hizo sólo el 15%. Parte de la explicación está dada porque el universo de quienes rinden la prueba ha crecido sostenidamente, pasando de 125 mil estudiantes en la admisión 2006 a 180 mil en 2010. Así, pese a que los estudiantes de primera generación han aumentado su puntaje en la PSU, pasando de 563 a 575 puntos promedio, el esfuerzo no ha sido suficiente, porque el resto también mejoró.

Waldo Alvarez: trece horas de estudio al día para llegar a la U. Católica

“¿Vives en Vespucio? ¿Vespucio con Apoquindo, cierto?”. Esa era la respuesta que recibía Waldo Alvarez (25) cuando les comentaba a sus compañeros dónde vivía. Claro que su casa no estaba donde ellos suponían, sino en La Granja.

Hijo de una dueña de casa, que vive con una pensión de invalidez, y egresado del Liceo Manuel Barros Borgoño, Waldo fue el primero en su familia en llegar a la universidad. Y no a cualquiera: Ingeniería Civil en la UC.

“En el colegio me iba bien en matemáticas, por lo que pensé que no me iba a costar y podía ganar un buen sueldo”, cuenta.

La preparación de la PSU fue impactante, porque, por ejemplo, no sabía cómo postular y no tenía a quién preguntar.

Como era uno de los mejores alumnos de su colegio, le ofrecieron una beca en un preuniversitario y tomó todos los cursos que pudo. Salía a las 7 de su casa y no volvía hasta pasadas las 22 horas. “Andaba corriendo, no alcanzaba a estudiar ni a comer. Sentía que no avanzaba”, comenta hoy, a un semestre de egresar de la carrera.

Como le ofrecieron la Beca Padre Hurtado, que cubre la totalidad del arancel, se decidió por la UC. Pero el primer año en la universidad fue aún más difícil. No sólo fue el ritmo de estudios lo que le costó a él, un estudiante de promedio 6,8 en enseñanza media y 762 puntos en la PSU, también adaptarse a vivir en un ambiente donde más de la mitad de los alumnos proviene de colegios privados.

Aprendió nombres como Cantagallo, en relación al centro comercial de Las Condes, “me parecía chistoso”, y mientras los compañeros iban de vacaciones a Londres, él partía “al litoral”. Aclara que nunca se sintió discriminado, pero que las diferencias se notaban. Mientras en su casa el sueldo no llegaba ni a los $ 50 mil por persona y él trabaja los sábados haciendo clases de matemáticas, sus compañeros tenían ingresos que superaban el millón de pesos per cápita.

La mayoría había pasado cálculo o programación en el colegio. “Los del Instituto Nacional, The Grange y San Ignacio, por ejemplo, eran secos. También sabían programar . Yo no tenía ni computador en casa”, relata.

En el primer semestre, de los cuatro ramos reprobó tres. Así debió esforzarse el triple para mantener la beca.

La lejanía de su domicilio con el de sus compañeros hacía que muchas veces prefiriera juntarse a estudiar en grupo en la universidad y no en las casas. Claro que cuando había que salir de noche, no le quedaba otra alternativa que pedirle alojamiento a alguno. Cosa que sucede hasta hoy.

La otra gran diferencia era que muchos estudiantes no sólo eran hijos de universitarios, sino que eran la cuarta generación de ingenieros de la UC. “Se desenvuelven mejor, conocen a los profesores y casi todos tenían asegurada la práctica”.

En su casa, en cambio, no entienden por qué ya no obtiene puros 6 ó 7, como en el colegio, o por qué se demora tanto en resolver un ejercicio.

Aún así, afirma tener amigos de todos lados. “Esto de estar en la universidad es algo que uno ha soñado toda su vida. Llegas tan dispuesto que aprovechas todas las instancias y no ves las diferencias”, sentencia.

Andrés Gálvez: una hora y media de ruta para llegar a la U. Adolfo Ibáñez

Quince minutos a pie hasta la Estación de Metro Lo Ovalle, en la Línea 2. Metro hasta La Cisterna, donde hace combinación con la Línea 4 A. Ruta hasta la Estación Vicuña Mackenna, para hacer transbordo hasta la Estación Grecia, de la Línea 4. Desde allí debe tomar una micro hasta Diagonal Las Torres. Otros 15 minutos. Y finalmente hacer dedo para que un auto lo lleve a su destino. Tiempo recorrido: una hora y media.

Ese es el camino que debe tomar Andrés Gálvez (18), estudiante de primer año de Ingeniería Civil, todos los días para llegar a la U. Adolfo Ibáñez.

El es el primero en su familia en pisar una universidad (su padre es operario de una empresa teléfonica y su mamá, dueña de casa) y el hito le ha costado varios sacrificios: de partida, tuvo que dejar la casa materna, en Calera de Tango, y trasladarse donde sus abuelos, a La Cisterna. Sus 812 puntos en matemáticas y promedio 6,2 en el colegio, un particular subvencionado de Cerrillos, le permitieron dar el salto.

No le vino mal la oferta de la UAI: una beca que cubre el 50% del arancel de la carrera. Casi la totalidad de los $ 2 millones restantes, los cubre otra beca del Estado por estar dentro de los mejores alumnos de su colegio. “Mis padres me dicen: ‘Esfuérzate y mantén la beca’. Si no, tendría que optar a un crédito”. Como sus padres sabían que era probable que entrara a la universidad, ahorraron por varios años: cortaron el cable, dejaron de comprar golosinas y los zapatos que se reemplazaban cada cuatro meses, se empezaron a cambiar cada un año.

Pese a que en el colegio le iba bastante bien, el aterrizaje en la universidad no le fue fácil.

Básicamente, porque la mayor parte de sus compañeros había aprendido en su época escolar las materias de cálculo, como derivadas e integrales, y él no. “Aún así, me iba relativamente bien en las pruebas y a muchos les explico yo los ejercicios”, relata.

Eso le ha abierto las puertas a ser aceptado en un mundo tan distinto al suyo: mientras él tenía “un tarro” de celular y atesoraba un computador desde octavo básico, sus compañeros llegaban con I-Phone y con notebooks de última generación.

“Lo primero que me llamó la atención es que todos se conocían y yo no conocía a nadie. Esquiaban juntos, eran del mismo colegio o tenían cuñados en común. Otros habían carreteado juntos o eran seleccionados de la UC”, cuenta. Pero eso era también una ventaja: “Los primeros días de clases, bastaba con que conocieras a uno para que te presentara al resto”, relata.

Otros aspectos prácticos, a la hora de salir, como la lejanía de La Cisterna con la mayoría de las casas de sus compañeros, le han complicado un poco la adaptación estos primeros meses.

“Un día nos íbamos a juntar. Y no podía, porque mis papás me avisaron que tenía que cuidar a mi hermano chico. Entonces ellos me decían: ‘Pero págale horas extras a tu nana’. Si mis papás no tienen nana”. Aún así, relata que sus compañeros lo aceptan bien, le dan alojamiento para que pueda salir con ellos y no tener que cruzar Santiago a altas horas de la madrugada y nunca hablan de dinero.

“En mi colegio me decían peloláis, porque tenía los ojos claros y, al sol, tengo el pelo castaño. Entonces me veo súper normal al lado de cualquier persona de la Adolfo Ibáñez. Quizás hubiese sido distinto si hubiese sido moreno”, acota.

La Tercera